La presentación de la expo, por Jesús Marchamalo

Jesús Marchamalo –¡Gracias, Jesús!–nos hizo una preciosa presentación para la inauguración de nuestra expo, que transcribimos aquí íntegramente. A disfrutar:

Tengo mala memoria, confundo fechas, me lío con los sitios, se me olvidan los nombres… Y sin embargo, por esos caprichos insólitos, accidentales, de la memoria, tengo buena memoria para los libros.

Recuerdo, por ejemplo, el libro en que leí Cien años de soledad, en un viaje a Cuenca, con mochilas, a finales de los años setenta. Una edición más bien cochambrosa, de Argos Vergara, letra minúscula, papel amarillento, basto. Y ese olor apagado a sótano sin luz.

Recuerdo, también, la edición donde leí Rayuela, en Sudamericana, que forré con plástico transparente, Aironfix se llamaba, y que fue conmigo –las cubiertas dobladas y rozadas– durante meses, en un macuto militar, flanqueado de cuadernos y papeles.

Y recuerdo una vieja edición de Canciones, de Bertolt Brecht, en Alianza, con el que viajé al norte, un verano, con diecinueve años, y en el que todavía encuentro, cuando lo hojeo, un lejano, ya, rastro de arena, sol esquivo y viento sosegado.

Siempre me ha gustado de los libros esa capacidad de evocación: las esquinas dobladas, los viejos subrayados, los billetes de metro o de autobús, y las flores, hoy secas, que guardamos al lado de esos versos deslumbrantes que, por ejemplo, dicen:

La hoguera pone al campo de la tarde,
unas astas de ciervo enfurecido.

Tengo mala memoria, ya digo, caprichosa, falible, desigual… Me ocurre, por ejemplo, que hay libros de los que olvido el contenido –la historia, el nombre de los personajes, el título–, mientras que soy capaz de recordar el sitio en el que lo leí; si era invierno o llovía, o si viajaba en tren, sentado al lado de una de esas ventanas por las que se desliza, como un manto, el paisaje. Hay algo material, táctil, sensual, casi de relación física, mundana, con los libros: el papel, el olor, el tacto de la tela de la encuadernación…

Los libros, como cofres del tesoro, conservan en su interior las huellas de los lectores que fuimos. Y por eso los acumulamos en casa; llenan las baldas y las estanterías y ocupan, en cuanto te descuidas, los sofás y las mesas, y amenazan con derrumbarse sobre uno, abalanzarse tras el menor traspié. Me impresionó saber que José Emilio Pacheco, el poeta, premio Cervantes, murió tras tropezar en su estudio con una torre, inmensa, de libros que cayeron, ruidosos, sobre él. Cuentan que cuando ingresó en el hospital, una de las primeras cosas que dijo fue: “tengo sin falta que ordenar los libros cuando vuelva”.

Los libros como un ejército invasor. Victorioso y caótico.

Ocurre, de vez en cuando, que alguien llega a tu casa, y viendo las estanterías abarrotadas: libros cruzados, dobles filas, el espacio cubierto como un tetris, te preguntan, con ojos aterrados, ¿Y esto lo has leído todo? A lo que contestas que no, que cómo se le ocurre, que qué barbaridad, sólo para tranquilizarle.

Me contó Andrés Trapiello, delante de su impresionante biblioteca, hace tiempo, que un día había llegado alguien a su casa, a llevar un paquete, a arreglar el ADSL, a lo que fuera, y que, intimidado, por los estantes abarrotados le preguntó.
–Perdone la indiscreción, pero usted a qué se dedica.
–Soy escritor, le contestó Trapiello.

Y el hombre, admirado, los ojos como platos, le dijo: –¿Y todo esto lo ha escrito usted?

A lo que Trapiello contestó que sí, que si no todo, desde luego, la mayor parte.
–¿Cómo iba a desanimarle?, me contó.

Definitivamente me gustan los libros.

En estos tiempo de zozobra donde la tecnología parece cernirse, como una amenaza inevitable sobre el mundo del libro en papel –libro vegetal, lo llaman algunos como si se refirieran a una ensalada– a mí me gusta tener libros, leerlos en los bancos, al sol de la calle, anotarlos y llenarlos de subrayados y papelitos, traerlos y llevarlos, y leerlos en la cama, de noche, clavado el lomo en el esternón un minuto antes de caer hacia delante, como una tapa, abiertos, si te duermes.

–¿Y esto piensas volverlo a leer? Me preguntan de vez en cuando.
–No sé, pero pienso volverlo a sentir.

El otro día hablábamos de esta exposición, y hablábamos de eso, de los libros y su capacidad para la evocación. Y de cómo hace ya unos cuantos años, en 2012, un grupo de artistas decidieron explorar ese territorio siempre sugestivo, seductor, que desde siempre han compartido el arte y la literatura.

Así, se plantearon crear una colección de libros de artista, de ediciones limitadas y asequibles. No sólo en el precio, que lo son, sino también en el formato. Inventaban “el libro de artista de bolsillo”. Ediciones de 25 ejemplares numerados, cinco pruebas de artista, y un formato común, 16 x 11 centímetros y con el interior plegado en zig-zag.

Ese pliegue el que da nombre a la colección, LibroZ, con esa zeta final, también plegada, y a la exposición que hoy inauguramos aquí en la biblioteca, “Entre los pliegues de un libro”. Y me encanta esa propuesta de buscar en los pliegues de los libros, igual que buscábamos de niños, escondidos, a oscuras, protegidos por el embozo de las sábanas.

Hay una palabra, que yo no conocía, y que me encantó el otro día, leporello, que define estos libros que se abren como un acordeón, un fuelle. Me encantó porque es una palabra elegante, exótica y algo enigmática, leporello, porque son libros, éstos, que recuperan aquella vieja capacidad infantil para la sorpresa.

Todos iguales, pero todos sorprendentemente diferentes: pegados, recortados, impresos, dibujados, plegados, con recortes o con fotografías…

Todo artesanal siempre, con ese encanto de lo que se hace a mano: pegar, colorear, dibujar, recortar… Un catálogo de colores y texturas, de páginas llenas de sugerencia y de misterio. Un museo portátil para llevar encima, y desplegarlo como quien despliega un escenario de prodigios:

Mela Ferrer, grabados y collages, llenos de referencias poéticas: Rilke, Baudelaire, Leopardi o Chatwin.

Mariana Laín, pintura, ilustración, fotografías… Y también resonancias literarias, Peter Gabriel, Kipling, Goytisolo…

Javier Lerín, grabados coloreados, dibujos, textos basados en poemas, en canciones, en música, y títulos llenos de sugerencia, Quimera o Skyline.

Miluca Sanz, collages, papel intervenido, fotografías que convierte en diarios, en los que narra –es una frase de Gutmann, el fotógrafo– esa maravillosa extravagancia que es la vida. Cada libro también con su historia, contada o sugerida.

Hay también dos artistas invitados, como en las viejas series de la tele, “guest stars”: César Fernández Arias, el maestro de la manufactura, que desarrolla en Afroman –serigrafía, collage, lápiz y tinta- un muestrario de tipos; caras, brazos y piernas; gestos, miradas, bocas, en los que por qué no, reconocerse.

Y Damián Flores Llanos, Estraza, cuatro estarcidos sobre papel Canson, y un texto en el que habla de un amigo suyo, cuya madre acaba de morir, y cómo va a abrazarle a al tanatorio.

Un texto maravilloso que me emociona siempre que lo leo, porque el amigo del que habla soy yo, y la madre que murió aquella mañana era mi madre.

Ayer, por cierto, mi amigo Damián Flores me mandó un correo, decía: “Hola me ha enviado Javier algunas de las frases que van a aparecer en la exposición, y la que mas me gusta es tuya: El libro de artista, desconocido para muchos, es el triunfo de la creatividad y la imaginación”. Le llamé para decirle que se trataba de un malentendido, que la frase no es mía, pero que si hoy seguía sin dueño, me la quedaba.

Disfruten de estas vitrinas llenas de colorido y de talento. De estos libros terminados en zeta, en los que descubrir los pliegues de la imaginación. Y llévense a casa esa palabra mágica, leporello, y guárdenla para siempre, por ejemplo dentro de un libro.

Mil gracias. Un placer.

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